lunes, 21 de marzo de 2016

¿Qué pasa si #YoSoyGayYdelPP?

observatorio rosa ramon martinez grande

No es sólo parte de una campaña política de lavado de imagen; es también un extraño grito de socorro que convoca a nuestro activismo para trabajar con más ahínco.

No, no: todo el mundo tranquilo. Ni soy del PP ni lo quiero ser. Es más, soy un socialdemócrata convencido, y gay. Y por eso personalmente no creo posible que haya otra ideología política más adecuada para cualquier forma de Diversidad que la Socialdemocracia.
El conservadurismo, lo sabemos bien, acostumbra hacer más por esconder la homofobia que por combatirla, el liberalismo es la ideología del "sálvese quien pueda" y el "ande yo caliente...", y el comunismo suele interpretar que cualquier forma de dominación más allá de la lucha de clases forma parte de la superestructura y se solucionará sola una vez solventado el problema de las clases sociales. Por eso defiendo mi ideología socialdemócrata, en lo tocante al análisis político global. Pero mi filosofía activista tiene que ser necesariamente distinta.
Esta semana se ha publicado una entrevista a algunos jóvenes gais que militan en el Partido Popular, y a uno más de Ciudadanos, que ha provocado cierto revuelo en redes sociales e incluso alguna columna que, muy justamente, calificaba como desvaríos las revisiones de la realidad que los entrevistados. Digo muy justamente porque se presentaban en la entrevista una serie de imprecisiones bastante interesadas, como que el Partido Popular sólo recurrió ante el Constitucional la Ley de Matrimonio Igualitario por su nombre, cuando sólo hay que acercarse al texto del recurso para descubrir que la realidad es otra.
Como socialdemócrata puedo denunciar y denuncio la nueva tónica de la militancia de derechas sea hacerse pasar por grandes defensores de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales después de siete años de recurso, después de tantos cargos haciendo declaraciones homófobas sin que nadie censurase sus palabras, después de peras y manzanas, de que llegasen a acusarnos de querer acabar con la especie humana.
Pero como activista, aunque me enfade este cambio de chaqueta tan oportuno, creo que hay un problema de fondo mucho más importante que este intento a la desesperada de lavarle la cara al partido que tanto ha trabajado contra nosotros y nosotras. Y es, aunque nos puedan parecer tan paradójicos y tan risibles, aunque nos caigan tan mal, que los gais del Partido Popular son tan gais como lo somos el resto: tienen que disfrutar de los mismos derechos que reivindicamos y nuestra responsabilidad como activistas es luchar para garantizar que puedan hacerlo.
Hace unos meses escuché a una gran feminista hablar del problema que suponen las que ella llamaba de forma burlesca "las gorronas": aquellas mujeres que jamás se acercaron al movimiento feminista, que incluso trabajaron contra de sus avances, pero que acudieron raudas a beneficiarse de lo que otras muchas luchadoras iban consiguiendo. Y pienso como ella que, aunque nos enfaden tanto, no nos es lícito negarles el derecho a disfrutar de los derechos, sino que tenemos la obligación de preguntarnos por qué en su momento no quisieron acompañarnos en la reivindicación. Intuyo que el gran problema es que sienten que no les representa nuestro discurso activista, vitoreado por los partidos de izquierda, que a la sazón fueron los primeros que quisieron escucharnos.
No cambiaremos el discurso para que les guste más, por supuesto. Pero quizá nos sea necesaria una mayor pedagogía, para conseguir que compartan nuestro análisis de la realidad más allá de cualquier ideología política. Si sólo hablamos para nosotros mismos no estamos convenciendo a nadie, sólo nos regodeamos en la felicidad de sabernos con la razón de nuestro lado.
#YoSoyGayYdelPP no es sólo parte de una campaña política de lavado de imagen; es también un extraño grito de socorro que convoca a nuestro activismo para trabajar con más ahínco con el fin de hacer llegar nuestras razones más allá de nuestras puertas.
Porque también ellos tienen derecho a los derechos, a sentirse representados por nuestros discursos, incluso a apoyarnos en nuestras reivindicaciones, aunque nos caigan tan mal.