domingo, 6 de agosto de 2017

No hay nada que celebrar: el odio hacia las personas LGTB aún contamina la sociedad

Cincuenta años después de la despenalización parcial de la homosexualidad en Reino Unido, los adolescentes gays y trans todavía sufren los embates de la intolerancia. Furia, y no gratitud, es la única reacción posible

Owen Jones


Enfadados, llenos de furia, pero no con gratitud. Así es como deberíamos celebrar el 50 aniversario de la despenalización parcial de la homosexualidad en Inglaterra y Gales. Que en este país ya no nos persigan legalmente y que seamos menos odiados y juzgados que antes no es algo que agradecer. Ser tratados de la misma forma que otros dan por sentado no es ningún regalo especial: la igualdad no es privilegio.
Sentir gratitud equivale a reconocer que nuestros perseguidores se sacrificaron de alguna forma cuando el Estado finalmente cedió ante las demandas del colectivo LGTBQ. Los derechos legales se ganaron gracias a personas LGTBQ a las que escupían en la cara, a las que la prensa injuriaba, a las que gran parte de la opinión pública demonizaba. Personas LGTBQ que fueron perseguidas por la ley, encarceladas, castradas en procesos químicos y empujadas hasta el suicidio.
¿Cómo se atreven, para empezar, a despojarnos de nuestros derechos? ¿Y cómo se atreven todavía a no aceptarnos completamente como iguales? Así es como deberíamos recordar este día. La gratitud deberíamos reservarla solo para aquellas personas LGTBQ que innecesariamente tuvieron que perder la vida para que obtuviéramos derechos y libertades a los que ellos no tuvieron acceso.
Hace cincuenta años, el sistema judicial británico decidió celebrar lo que fue una despenalización parcial con más arrestos a hombres gays y bisexuales de los que habían ocurrido antes de esa supuesta emancipación. En Escocia, los hombres gays y bisexuales tuvieron que esperar hasta 1980, cuatro años antes de que yo naciera
Ahora,  el Estado ofrece indultos a todos aquellos a los que persiguió y cuyas vidas arruinó. ¿Indultos? Deberían pedir perdón de rodillas y dejar a discreción de cada persona LGTBQ perdonar o no al Estado por la crueldad a la que fueron sometidos. Como el caso de Keith Biddlecombe, de 81 años, encarcelado por el Estado en la década del 50 por tener relaciones sexuales con otro hombre. El Estado le exigió que le diera los nombres de sus parejas sexuales para reducir significativamente su condena: uno de esos hombres se quitó la vida.
Sí, es cierto que la actitud de la sociedad británica ha cambiado drásticamente y eso es gracias a nosotros, al colectivo LGTBQ. Las parejas heterosexuales se dan la mano por la calle sin pensárselo. Para las parejas homosexuales, uno de los actos más elementales de las relaciones humanas parece una desafiante declaración política, les guste o no. A principios de año, un joven se dio la mano con su novio en un pub de Peckham (un barrio del sur de Londres). Le rompieron un vaso en la cara. El año pasado, otra pareja que iba de la mano en Charing Cross grabó cómo la gente les agredía verbalmente. La mayoría no denuncia el odio que reciben por la osadía de demostrar su afecto por la persona a la que aman
La sociedad está enferma de homofobia y transfobia, con brutales y vulgares sistemas para controlar y para imponer las normas de género. Esta intolerancia se internaliza en los niños desde que son pequeños. Gay, maricón, marica, les dicen a los chicos sean o no homosexuales ante cualquier tipo de comportamiento considerado "afeminado": falta de destreza física, no meterse en suficientes peleas, o no hablar de las mujeres en términos lo suficientemente degradantes. Ahí está la ironía: los heterosexuales también sufren. El suicidio es lo que más mata entre los hombres británicos menores de cincuenta: en parte, porque hablar de sus sentimientos es considerado un tanto gay, digamos. Pero para los adolescentes LGTBQ es mucho peor. Crecer teniendo que internalizar la sensación de ser inferior, un pervertido y de estar equivocado causa un daño irreparable.
A pesar del progreso, la crisis es particularmente pronunciada para las personas trans. El año pasado se informó de un aumento en los crímenes de odio tránsfobos, aunque muy pocos de esos casos llegaron a juicio. Según las estadísticas de la ONG Stonewall, ocho de cada diez jóvenes trans se han provocado lesiones y casi la mitad ha intentado suicidarse. Esto se debe en parte a esa vergüenza internalizada.
Pero la vergüenza no debería ser de ellos. La vergüenza corresponde a la sociedad que deja que muchos de sus jóvenes, ya sean trans, gays, bisexuales o lo que sea, crezcan con miedo, torturados por el odio a sí mismos, pensando que de alguna manera están mal, que son personas disfuncionales o pervertidas. El daño sufrido a tan temprana edad se mantiene a lo largo de toda la vida. Son bombas que detonan 10, 20 o 30 años después. Pero el Gobierno no se ocupa de esta crisis. En vez de eso, con un programa de recortes que revela su ideología ha diezmado los servicios LBGTQ y de salud mental que podrían ayudar a revertir parte del daño.
A cincuenta años de la despenalización parcial, el Gobierno británico tiene el apoyo de un partido que, francamente, preferiría que el colectivo LGTBQ no existiera: el abominable Partido Unionista Democrático (DUP, por sus siglas en inglés) niega el derecho al matrimonio a las parejas homosexuales de Irlanda del Norte. Su líder fundador organizó una campaña llamada "Salvemos al Úlster de la sodomía". Para Iris Robinson, exparlamentaria y esposa del antiguo líder del DUP, la homosexualidad es "repugnante, desagradable, nauseabunda, maliciosa y vil". "Me dan mucho asco los gays y las lesbianas", afirmó el parlamentario Ian Paisley Jr. ¿Qué mensaje se está enviando a los ciudadanos LGTBQ de Reino Unido cuando el conservador Michael Fallon, que votó en contra del matrimonio igualitario, dice que su partido tiene "más en común con el DUP que con los otros partidos"?
El nuestro es un gobierno que hace lo imposible por tener lazos más cercanos con Arabia Saudí, un país gobernado por un régimen despreciable que decapita a los gays y cuya ideología extremista de exportación es una amenaza para todas las personas LGTBQ. En varias ocasiones, la misma Theresa May ha pasado personalmente por las salas de votación del Parlamento para negar al colectivo LGTBQ los derechos civiles que les corresponden. Cuando May era ministra de Interior,  los refugiados homosexuales se filmaban teniendo relaciones sexualespara demostrar su sexualidad y evitar ser deportados a países en los que podrían sufrir persecuciones, torturas y hasta sentencias de muerte.
No, no habrá ningún tipo de gratitud por los últimos 50 años. No se puede reparar el daño causado. Pero lo mínimo que puede hacer nuestra sociedad es evitar que se siga haciendo más. Debe erradicar hasta el último vestigio de intolerancia que todavía invade a este país. Este aniversario no es motivo de celebración. Es un momento para recordar a aquellos que lucharon y sufrieron y para lograr la última victoria de la lucha.
Traducido por Francisco de Zárate
publicado en: http://www.eldiario.es